Se sataniza a la pobreza como la última escala de la vida social. Se la sitúa en la base de la pirámide, donde estarían las mayorías, aunque estadísticamente no es tan cierto. Veamos: hay comunidades del ande y de la selva que viven contentos, o si se prefiere felices a su manera. Llega la modernidad (radio, televisión, celulares) y súbitamente se altera su mundo. Entonces descubren que les falta cosas ¿para ser felices? Se sienten pobres y se desalientan.
Lo que no se dice es que en esos sectores, por ejemplo, se vive mejor porque están en contacto con la naturaleza, tienen más salud y bienestar, hablando técnicamente, porque no comen alimentos transgénicos sino orgánicos. Puede que tengan una economía de subsistencia y vivan de lo que produce la tierra y se cobijen en casas hechas con materiales rústicos y naturales que no generan contaminación a diferencia del citadino que vive entre cemento, acero, y monóxido de carbono.
En esas latitudes andinas y selváticas se cumple estrictamente con un deber imperativo de la hora: preservar la naturaleza, el ambiente. Hoy, sin embargo, cada vez más pobres están subiendo a la clase media y ese es el denominador común del mundo. Pero nadie se ha preguntado, ¿cómo hacer para que los pobres tengan una mejor vida? Lamentablemente, tanto por definición y comprobación actual, sabemos que “mejor vida” se traduce como consumir más. ¿No nos damos cuenta, acaso, que el globo está agotando sus recursos para poder consumir más? Debemos plantearnos, mejor, cómo hacer para mejorar la calidad de vida sin consumir más recursos. Es algo realmente complejo e inquietante desde que no hay muchas empresas y personas que se enfocan en el tema.
ESCRITO POR ERNESTO SÁNCHEZ SARMIENTO


